«Nací en El Purgatorio, pasé por El Limbo y ahora vivo en Los Infiernos»
«Siempre hay que repetir el nombre de nuestros pueblos pues piensan que es una broma... somos así de originales»
Nicasio, hace tantos años que no pierde el tiempo en contarlos, nació en el Purgatorio. Y ahora degusta su jubilación en Los Infiernos. Entre un lugar y otro, cuando moceaba, también atravesaba tranquilo, como si estuviera en su casa, el Limbo. Y, a pesar de tanta supuesta fatalidad, se reconoce buen hombre y cristiano ejemplar.
El término municipal de Torre Pacheco atesora, en apenas diez kilómetros cuadrados, tres aldeas cuyo nombre bien merece ocupar un lugar destacado en cualquier guía turística. Se trata de Los Infiernos, El Purgatorio y El Limbo. Este trío de destinos permanece solitario, casi intacto junto a los bosques de grúas y edificios que las grandes promotoras levantan en el Campo de Cartagena. Cuando a los vecinos se les pregunta por el gentilicio del lugar, las carcajadas y las bromas abundan. «¿Pues no señor, no se nos conoce como demonios ni como infernales!», protestan divertidos. Más bien, en este rincón próximo a la autovía la vida discurre serena como el agua que nunca llega y silenciosa como la sequía que condena los campos a ser abismos resecos.
SE VENDE CASA EN LOS INFIERNOS
Aquello que sólo los viejos recuerdan
Apenas abandona el viajero la autovía de San Javier, entre un mar de invernaderos por donde parecen asomarse millares de pimientos colorados, puede sorprenderse al encontrar un gran cartel que anuncia una nueva promoción inmobiliaria. Textualmente, el letrero anuncia que «Se venden viviendas en Los Infiernos». Aunque no aclara si tendrán aire acondicionado. Y hasta incluye dos teléfonos móviles. No son, porque sólo eso faltaría, los del mismísimo demonio. Corresponden a un empresario emprendedor que quiere devolver al pueblo el esplendor que tenía antaño.
La entrada a Los Infiernos tampoco reserva al visitante una legión de diablos emplumados. A menos que los confunda con matas de alcachofas agostadas sobre tormos resecos, arrasados por el sol. Más allá, un grupo de cinco casas se arremolinan junto a la iglesia improvisada en un local humilde, que también tiene su parroquia este improbable averno de temperaturas elevadas.
Dentro del local se venera una talla de la Virgen del Carmen, a la que la tradición cristiana otorgó la potestad de rescatar almas del Purgatorio. En este caso, lo tiene tan cerca que con sólo estirar la mano podría lograrlo. Porque a apenas tres kilómetros se alza El Purgatorio, otra aldea diminuta también asediada por los invernaderos y los parrales.
Ángeles Jiménez y José Peñalver, dos ancianos del lugar, residen desde hace cuatro décadas cerca de El Purgatorio. Ambos recuerda que allí no vivían almas en pena, «sino una buena familia que se fue a vivir a San Pedro del Pinatar». Y Ángeles regala una carcajada sincera mientras señala que «los nombres en esta zona son así de originales. Mucha gente se sorprende». Normal.
INMIGRANTES EN EL LIMBO
Hogares casi abandonados
Entre Los Infiernos y El Purgatorio existe en Torre Pacheco otro paraje al que los lugareños llaman El Limbo. Está formado por un grupo de casas de campo, cuyas puertas enclavadas revelan un abandono antiguo. Sólo en una de ellas mece el viento de Levante una cortina, por donde se adivina un hombre preparando el puchero. Se acerca el mediodía.
El sol hace rabiar a unos cuantos abejorros que se estrellan, una y otra vez, contra el cristal de una ventana. Las familias que antaño ocupaban estas viviendas también emigraron; pero allí reside un inmigrante marroquí, de nombre Mohamed, que cuida una finca cercana. «¿El limbo?, ¿qué es el limbo?», insiste sorprendido. Y en semejante lugar se queda porque no logra comprender nada.
Los teólogos utilizaban el concepto del limbo para explicar el destino de los que mueren sin haber cometido pecado mortal pero sin el bautismo. Hablaban del limbo en referencia a los niños que morían sin ser bautizados y ocupaban un lugar indeterminado entre el cielo y el infierno. Después del Concilio Vaticano II el concepto del limbo fue abandonado. En Torre Pacheco, aunque hay Infiernos nadie recuerda que nunca existiera el Cielo porque, como añade entre risas José Peñalver, «eso está muy alto».
EL ORIGEN DE LOS TOPÓNIMOS
Unos niños mal educados
El origen del topónimo Los Infiernos se pierde en la noche, en este caso un tanto tenebrosa, de los tiempos. Pocos jóvenes recuerdan cómo y cuándo se forjó este curioso nombre; pero los más viejos apuntan una leyenda que en este tiempo arrincona cualquier otra interpretación.
Al parecer, un recovero, un hombre que llevaba cargas de una parte a otra para su venta, atravesó cierta aldea muy próxima a San Cayetano. Y con tal mala fortuna que unos chiquillos le salieron a su encuentro y, entre una algarabía de gritos y pedradas, destruyeron cuantas vasijas de barro portaba aquel comerciante poco avisado.
Cuando logró escapar del improvisado bombardeo, ya en otro paraje cercano, alguien le preguntó de dónde venía. A lo que el recovero respondió: «¿Acaso no ves el carro?... ¿vengo de los infiernos¿». La expresión, quizá porque el enojo del comerciante le hizo repetirla a cada parada, hizo gracia a los parroquianos, quienes desde entonces llamaron a aquella aldea de tal forma. Luego, el gracejo popular bastó para que otros caseríos del campo fuera renombrados con topónimos similares al primero. Leyenda o realidad, María José Egea, propietaria del bar Los Infiernos, mantiene que la historia es cierta «y así nos la transmitieron nuestros padres».
María José regenta un local mediano, donde destacan una barra amplia, cuatro o cinco mesas y un billar que entorpece el paso a un extremo de la sala. Aún queda sitio para una cámara de alimentos, de donde cuelgan sartenes a estrenar y otros utensilios que, en este lugar apartado del mundo, siempre se echan en falta cuando menos te lo esperas.
La mujer recuerda que, de tanto en vez, algún turista arranca el cartel con el nombre del pueblo, «para luego enseñarlo como un recuerdo, casi un trofeo, del lugar que han visitado». A tal extremo llegaron los robos que, como señala Félix Rodrigo, otro vecino, «fue necesario soldarlo bien, para que no pudieran arrancarlo».
Entretanto, muchos visitantes se acercan al bar para pedirle a María José llaveros o mecheros que lleven impreso el nombre del pueblo. Y es que, por mucho mundo que corra cualquiera, no todos los días puede visitar el infierno.
TRANQUILIDAD EN PELIGRO
La rutina que el campo suaviza
La mayoría de los vecinos de Los Infiernos temen perder la tranquilidad que durante todo el día envuelve sus hogares. Ninguno de ellos conoce siquiera a qué suena un atasco ni el paso de una motocicleta desbocada ha quebrado nunca sus sueños. Sin embargo, en el horizonte ya despuntan las grúas de las promotoras.
En Los Infiernos, la tierra, esos bancales que se disputan los melones y el bróculi, aún está barata. Y revelar la distancia que separa esta aldea de la costa le haría la boca agua al más humilde de los constructores: sólo ocho kilómetros. «¿Ojalá sigamos así de tranquilos!», susurra María José. Por no haber, ni colegio tiene la aldea. Los pocos niños del lugar se trasladan a recibir clases en Balsicas. Y el alcalde de la pedanía de San Cayetano también representa ante el Estado estos núcleos de población.
A los parroquianos no les disgusta el nombre de sus pueblos, ya acostumbrados desde su nacimiento. Recuerda Nicasio que, hace apenas tres décadas, cuando la autovía hacia la costa era un sueño, contar en la capital cuál era su residencia causaba a muchos sorpresa. «Había que insistir para que te creyeran -apunta Nicasio-. Luego, al colocar el cartel en la autovía, la cosa se hizo más famosa». Entretanto, nadie se olvida de aquel cartero que intentó en vano cambiarle el nombre de Los Infiernos por el de San Lorenzo. El papeleo y los interminables trámites de la administración sólo lograron que algunos enviarán a los funcionarios, precisamente y de forma figurada, a la propia aldea.
FAMILIAS INGLESAS AL ACECHO
En busca de un sol aterrador
Cuatro o cinco familias inglesas, hace ya algún tiempo, decidieron cambiar la tierra de su Graciosa Majestad y se fueron al infierno, esto es, a Los Infiernos murcianos, donde hoy disfrutan como pecadores de un clima que sólo ellos parecen saborear en pleno agosto. La cercanía de la playa y la tranquilidad del lugar colman todos sus anhelos. Los lugareños no los perciben como una amenaza y aseguran que son pacíficos. Casi tanto como estas gentes que han dejado sus mejores años por arrancar algo a las hectáreas calcinadas. Al menos, el humor abunda. Y lo único que todos tienen claro es que aquí, cuando alguien fallece, nunca se va al infierno. Más bien, viene de él.
Publicado por La Verdad de Murcia, el 2 de julio de 2006.
Un Saludo desde Murcia

La gente me señala
me apuntan con el dedo
susurra a mis espaldas
y a mí me importa un bledo
